El retrato del niño que el pintor parece homenajear -el cuadro data de 1963- es leído como una manifestación política de denuncia, donde quemas y basurales constituyen el escenario del sector social que habita a espaldas de las grandes urbes. En este terreno emerge Juanito, como la metáfora sobrecogedora de esa atmósfera residual, que ha trascendido y sobrevive ostensiblemente en la época, pero elevado a la dignidad de un objeto artístico.
El retrato del niño que el pintor parece homenajear -el cuadro data de 1963- es leído como una manifestación política de denuncia, donde quemas y basurales constituyen el escenario del sector social que habita a espaldas de las grandes urbes. En este terreno emerge Juanito, como la metáfora sobrecogedora de esa atmósfera residual, que ha trascendido y sobrevive ostensiblemente en la época, pero elevado a la dignidad de un objeto artístico.
Partiendo de una “Conferencia de Lacan en Burdeos”, y tomando como referencia el Seminario 10, la autora plantea que lo que el psicoanálisis nos enseña acerca de la civilización actual no está desconectado de los modos de vivir la pulsión. Es el caso del Trash Art y de artistas como Vik Muniz.
Fabián Fajnwaks subraya la diferencia entre el objeto sublime de la sublimación freudiana y la escabelización del objeto en el arte moderno, no tan alejada de la satisfacción pulsional. Desde allí, da cuenta sobre una operación en su análisis que tuvo por efecto alcanzar un saber hacer con el circuito pulsional de la analidad, más que con el objeto desecho en sí. De esta manera señala una paradoja en el psicoanálisis: la analidad como circuito puede servir para algo, allí donde el objeto está destinado a no servir para nada.
El malestar del hombre en el mundo reduce al otro de la civilización a una función excrementicia, haciendo del mundo un universo cloacal donde la analidad prevalece y recubre la oralidad voraz. Freud insiste en la relación entre odio y erotismo anal: el sentimiento inicial de odio –presente en cada una de las estructuras-, depositado en la figura materna, se ve pronto desplazado hacia un exterior, extranjero/extraño. Los pobres, los exiliados, los derrotados en las guerras, las víctimas, son identificados con los residuos de nuestras sociedades capitalistas, dando cuerpo a esa identificación con la que se les hace cargar: la de ser las deyecciones del mundo. De tal manera el odio toca a los cuerpos, porque es el real del odio que toca a los cuerpos.